Fantasmas.



Desde que era una niña he tenido experiencias paranormales que rayan en la locura. No soy una médium ni tengo visiones más allá de un simple presentimiento. Tal vez mí retorcida imaginación me esté jugando una broma o le busco las cinco patas al gato. La cuestión es que me he llevado mis sustos y con ello me altera la percepción de todo mi mundo en éstos momentos.
   Sin embargo, no me siento dichosa de ver una silueta moviéndose tan campante por las habitaciones ni que su voz de ultratumba me erice los vellos de la nuca a las 3 de la mañana. Esa terrible sensación de ser testigo visual había adquirido una connotación terrorífica en los últimos años, pues todo aquel que haya tenido la “suerte” de presenciar una aparición o fantasma, puede dar fe, de que aparte del susto tan terrible que sienten (al punto de ensuciarse en los calzones), nos puede llegar a intimidar. Lo mismo se aplica a la sensación de sentirse observados.  ¿Paranoia? ¿Fobias? ¿Exceso de películas de terror?
   Puede ser…
   Pero si no. ¿Y si lo que vemos es real? Desde pequeños nos dicen que poseemos un alma y que al morir, abandonamos el cuerpo. O vas para arriba o vas para abajo. Todo depende de cómo te hayas comportado en vida. No obstante, algunas almas como que no cumplen a cabalidad esa regla tácita. Algo los detiene, impidiéndoles avanzar.
  ¿Cuál es el motivo que los obliga a permanecer en el mundo de los vivos? ¿Alguna pena sufrida? ¿Un castigo divino que les impida subir al cielo?
   ¿Habrá un cielo?
   ¿Lo hay?
   Espero que sí. Muchos son escépticos de su existencia. Si no creen en Dios, ¿para qué creer en fantasmas? Por un tiempo lo puse en duda hasta que me espantaron el burro. Hay que padecer para hacerse creyente. O somos nosotros, los dolientes, quienes los retenemos inconscientemente deseando que no nos abandonen nunca. De ser así… mil perdones, pues somos egoístas tratando de mitigar un dolor que nos sofoca sin piedad.

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