Mordiendo a mi odontóloga

   Hace unos días tuve la mala suerte de amanecer con un terrible dolor de muela. Fue tan fuerte, que sentía un incesante martilleo en las encías. Aquel pensamiento de querer arrancármela con ácido de batería se cruzó por mi cabeza más de una vez.

   No lo pensé dos veces, y visité a la única persona que podía sacarme de semejante predicamento. Mi odontóloga.

   El consultorio de dicha mujer, no es como el de sus colegas: estéril y sin vida. Éste es moderno, rayando en lo futurista, aire acondicionado para congelarte los huesos, muebles de cuero negro y cromados en acero inoxidable, un mega televisor LSD de 52 pulgadas pegado en lo alto de la pared y revistas actualizadas reposando en una espectacular estantería de vidrio y no en un mueble desvencijado de hace 20 años. «¡Hey, aquí dice que el Papa Juan Pablo II visitará Venezuela pronto! ¡Qué bueno…!» Entras en la suprema comodidad, la experiencia y el dinero de la familia, le permitieron estar por encima de la competencia.

   Todo me importaba poco, no veía la hora de que me atendiera y aliviara el sufrimiento que estaba padeciendo, las horas pasaban lento, las agujas de mi reloj no querían moverse para mí desdicha. El tiempo es cruel; cuando esperas, es lento; pero si lo que necesitas es que se alarguen los minutos…, pasan volando.

   Por fin llegó mi turno, la asistente me hizo sentar en la tortuosa silla y oprimió un botón dejándome patas arriba viendo el mundo al revés. Un intimidante arsenal colocaron a mi lado como si me fueran a operar. La doctora revisó la «panorámica» donde aparecía estampada toda mi caja de dientes como si fuera el Guasón. Me ordenó que abriera la boca, y una jeringa con una delgada aguja que parecía más un picahielo, me pinchó dolorosamente en el área afectada. 

   Al instante, medio rostro se me durmió como si estuviera drogada. «¿Hey esos son elefantes rosas?» Se pasó de anestesia, amiga. Un trabajo de conducto fue el procedimiento adecuado para mi caso, yo sólo me imaginaba en mi fuero interno en la cantidad de dinero que tenía que desembolsar, el sueldo del mes desfiló como pajaritos volando frente a mis ojos.

   Al cabo de un rato, en lo que mi pobre mandíbula no podía más de tanto decir: «aaaarghhhh!». La doctora, muy amable, me dijo con voz melodiosa: “muerda el papelito”.

   Y así lo hice.

   Mordí con fuerza para reflejar qué partes tenía excesiva malgama.

   Sin embargo, un gesto de dolor debajo de su mascarilla, me indicaba que algo estaba pasando.

   Le pregunté con la mirada: ¿De qué se queja?

Ella me respondió:

   «Ay»

   Sus ojos, azorados y abiertos como platos, se volvieron vidriosos en el acto.

   Ups.

   Avergonzada comprendí que le había mordido el dedo. Abrí la boca y la liberé. La pobre debía de estar palpitándole la herida; de ser comiquita, el dedo estaría cabezón y palpitándole con fuerza.

   «Fue su culpa». Dije tras haber escupido en el recipiente de porcelana. ¡Quién la manda a no retirar el dedo! Ella dijo: «muerda», y yo muerdo. No fue mi culpa que sea tan mensa de dejarlo para que le desgarrara hasta el guante.

   La doctora sonrió a medias, pero sin odio alguno. Después de sobárselo por un minuto, me dijo:

   «El último que me mordió tenía 3 años». 

Comentarios

  1. Memos mal que no estabas en uno de esos días, en que te sientes Vampiro...
    Te dejo un abrazo.

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    1. Me gustan , pero no me creo...

      Saludos y un abrazo. :)

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  2. Cómo lo narraste, se me quitaron las ganas de ir al odontólogo. Jeje.

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    1. Jajajajaja. ¡No fue mi inteción, lo siento!!!

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  3. Jajaja... Hola Martha, me he reído mucho con este relato, hace poco pasé por algo similar pero no mordí a mi odontólogo; al contrario, debido al exceso de anestesia me mordí yo mismo el labio inferior interno, y como no lo sentía me hice tremendo moretón. Cuando pasó el efecto supe que tendría que lidiar con un nuevo dolor, hasta más intenso que el que me hizo ir al odontólogo en primera instancia (me hiciste recorar ese momento).
    Me alegra haber llegado a tu blog, soy el mismo Rafael Baralt de Venezuela que te sigue en Falsaria; y por esas casualidades (o causalidades) de la vida también estuviste por mi blog (http:///raguniano.blogspot.com). Me agradó mucho tu comentario en mi artículo, como verás tengo ese otro frente de escritura bajo la óptica del librepensamiento.
    Ya me hice miembro de tu blog y seguiré deleitándome con tus historias. Ya te lo he dicho antes en Falsaria, me gusta tu estilo y tu creatividad!
    Te dejo mi cuenta twitter para que nos sigamos también por ahí: @rbaralt y @raguniano
    Un fuerte abrazo y seguimos en contacto!
    Rafael Baralt

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  4. ¡Gracias, Rafael, me agrada mucho tenerte por aquí.
    Copiado, te sigo por Twitter; y me parece que ya te estoy siguiendo por tu blog. De todos modos, revisaré.

    Un abrazo.

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