Fénix

En mi adolescencia me sentí minimizada por mis complejos, tontos e insignificantes, a los ojos de terceros; siempre había una excusa para evitar disfrutar, compartir y amar. Reparaba en casi todo, buscaba defectos donde no los había: mis dientes torcidos, mi cabello rebelde, mi nariz gruesa, mi sobrepeso, mi poco estatura… el patito feo en la fiesta y en la escuela. No “vivía”; un cadáver andante atormentado por los dimes y diretes, demasiado apenada como para relacionarme con los más populares.

Con el tiempo, cansada de sentirme poca cosa, decidí lanzar al fuego mis sufrimientos, estaba dejando pasar lo mejor de mi vida  y no iba a permitir que otro día se me escapara de las manos sin haberla disfrutado como Dios manda. Al aceptarme, renací, mis complejos juveniles se volvieron fuertes aliados, me fortalecieron; hicieron que supiera diferenciar quién era amigo y enemigo. He madurado, y no me importa si la parte inferior de mis dientes necesita una urgente visita con el ortodoncista, o si mi cabellera se asemeja al de una bruja loca, o si mi cuerpo no es tan perfecto como quisiera… La cuestión, es que me acepto tal como soy: deslenguada, impulsiva, batalladora. En pocas palabras, un fénix que ha resurgido de las cenizas.

Comentarios

  1. Que cosa, eso de los complejos, todos quien más, quien menos, lleva alguno como carga, lo bueno es que sólo el lo ve, para los demás no existe.
    Muy bueno y reflexivo.
    Un abrazo amiga.

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  2. Así es; en su momento, los complejos nos afectan, pero una vez superados, causan risa.
    Gracias por tu comentario, un abrazo fuerte.

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  3. Superar los complejos nos hace fuerte.
    Muy sincera, te felicito.

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  4. Suenan tontos, pero en su momento no lo fueron.
    Gracias por leerme.
    Un saludo.

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