Capítulo 14 (El Alfa y la Bailarina)

 La noticia exaltaba el buen ánimo de los seguidores.

¡El señor Everett y la señorita Isabel, pronto llegarían! ¡Qué bueno! ¡¡Hurra!! Vendrían los que acabarían con el caos generado entre la Segunda Viuda y las esposas del señor Damir.

La cocina era un hervidero de órdenes y emociones para tener listo el almuerzo a la cabeza de la familia. Briserka inspeccionaba todo como policía Nazi: «¡Doris, apúrate con el picadillo de cilantro y perejil!». «¡Anna, ve lavando las cacerolas, no las acumules que nos complicas para acomodar el preparado!». «¡Amelia, ¿por qué estás ahí parada sin hacer nada?!  ¡¡Muévete con las patatas; las quiero peladas para ya!!».

Obrad y Javor, encargados de la jardinería y de los trabajos pesados, colaboraban con sacar la basura que se generaba con las toneladas de desecho de conchas de verduras y hortalizas, así como también los frascos y bolsas de especias, salsas y otros aderezos que le darían sazón al suculento guisado. A la señora Grubana le sentó mal la llamada que Damir recibió temprano en la mañana, de la inminente llegada del desquiciado que usurpó el puesto de su hijo, quien debió ser el que heredara los bienes de su difunto marido y el mandato del Clan Kenai, por ser el que seguía en la línea de sucesión, y no el otro por haber arrancado la cabeza al bruto de Ranko. Por este motivo, su «migraña» la obligó a mantenerse recostada en su dormitorio y que los demás se ocuparan de recibir al mequetrefe. Aún no estaba claro a qué vendría el bastardo de Winona; nada le informó a Damir, asumía que por asuntos de negocios, este solo salía del monte cuando un buen trato le ofrecían.

La inusitada llegada de Everett, debió ocasionar un «estrés colectivo» en las señoras de la casa, puesto que Radojka y Vesna padecían lo mismo.

Qué mal no darles la bienvenida que «merecían», después de meses de estar ausentes; los dolores de cabeza requerían «reposo absoluto». Un té de jengibre, dos aspirinas, y a dormir la «siesta» hasta que ellas se «aliviaran».

O ellos se marcharan…

Mientras que en la mansión, engalanaban la mesa del comedor y preparaban el bisonte a toda marcha, Everett e Isabel descendían del helicóptero en la plataforma privada que dispusieron en los jardines posteriores. El mar los recibía apacible y los rosales, cuyos enormes pétalos a Isabel fascinaban y recordaban el que Everett le envió a la academia, les daban la bienvenida con su aroma dulzón y sus llamativos colores, rojo purpúreo.

Salieron al encuentro todo el personal de servicio, previamente vestidos con sus mejores uniformes y sonrisa sincera. Damir se hizo acompañar de Radojka y Vesna, y esta última, a su vez, exigió a sus tres hijas adolescentes en estar presente para recibir al distante tío. A dicha orden de su marido, Radojka intentó protestar, pero meditó que era conveniente en estar siempre del lado correcto de los que ayudarían a su hijo Jevrem, si este se metía en problemas con otras manadas.

Estaba tan lejos y solo…

—Querido hermano, me complace tu visita. ¿Tendremos el honor de tu estadía por una breve temporada o por este día? —Damir inquirió a Everett, con sus brazos extendidos para abrazarlo en una hipócrita bienvenida que hacía para que la servidumbre observara que él era el que comandaba en Kenai y no el que llegaba.

—Todo depende —Everett expresó con frialdad, sin corresponder al abrazo, debido a que cargaba a Erik—. ¿La limusina? —Los saludos «fraternales» los dejaría para después, la consulta con el doctor Pavlovic aguardaba; su hijo menor seguía con fiebre y sin apaciguar el llanto.

—Está listo —el engreído hombre se tapó el oído con delicadeza por el atronador lloriqueo del cachorro enfermizo que perforaba sus tímpanos. La madre de este trataba de calmarlo, arrullándolo entre cariñosas palabras, era muy pequeño en comparación al otro lobezno—. Vaya, qué pulmones tiene… —expresó con una socarronería que a Isabel le desagradó. A ella ni la saludó.

Everett dio un escueto asentamiento de cabeza a Radojka y a Vesna, y sonrió a medias a sus sobrinas, como muestra de cortesía, y liberó una mano para posarla en la espalda de Isabel y dirigirla hacia la limusina que quedaba frente a la fachada de la mansión.

Atravesaron el jardín a través de un sendero de adoquines de terracota, seguidos por Damir y su comitiva; el personal de servicio se encaminó hacia la puerta lateral de la residencia por donde ellos solían ingresar a diario, entre estos, Obrad y Javor, quienes cargaron con las maletas y los bultos de pañales hacia el interior de la casa.

El chofer ya tenía abierta la puerta del asiento trasero y este al lado en pose recta, a lo que Everett e Isabel se subieron de inmediato al vehículo. En vista de que Blanka y los guardaespaldas aún rodaban por la vía hacia el condado, prefirieron llevarse a Erik y así también aprovechar que a este le hicieran su chequeo médico. La puerta de la limusina se cerró y el chofer se sentó frente al volante, recibiendo al segundo la orden del alfa de hacia dónde dirigirse.

¿Por qué allá?

¿Era por ese cachorro de llanto infernal?

Se comentaba que su sangre contaminada le provocó la tara. Qué mal por el alfa que tomó por compañera a una hembra que le parió cachorros defectuosos.

Como si se tratara de la misma nobleza, los que conocían quién era Everett Brankovic y la mujer que sostenía uno de los dos infantes, recibieron un cordial saludo a las puertas del hospital.

Las enfermeras procuraban dejar libre el ascensor que los llevaría hasta la tercera planta; lo pacientes y otros visitantes tomaban el ascensor de la izquierda; el otro permanecía desocupado para la pareja. Slavco Pavlovic postergó una cirugía menor para el día siguiente y se abocó en revisar a los gemelos; en especial al que poseía los 21 cromosomas que deterioraban su salud mental y física. Tantas complicaciones que afrontaría durante su vida, que cada día sería un reto para este y sus padres.

Lo auscultó, escuchó a la madre sobre las dolencias del bebé, mandó al laboratorio muestras de heces de sangre y orina. Le suministró suero para hidratarlo y medicamentos que lo aliviarían. Uno de los tantos sustos que ellos sufrieron si no vigilaban con celo lo que el bebé consumía.

—La diarrea fue causada por la ingesta de varios tipos de leche —les informó—, procuren que consuma siempre de la misma teta. Preferiblemente que sea  de la suya, señora Isabel. Pero debe evitar consumir soja, huevos, leche de vaca y harinas para evitarle indigestión al lobezno. Como se trata de un híbrido con Síndrome de Down, procure moderar las grasas saturadas.

—Está bien, doctor.

—¿Por qué sangró al cagar? —Everett preguntó, sentado al lado de Isabel, frente al escritorio del médico.

Este dobló el informe del análisis clínico, acabado de traer por su secretaria y lo guardó en la carpeta que archiva el historial de los bebés. En la parte derecha el de Erik y el de la izquierda el de Ángel.

—Por lo que dije antes: el lobezno se amamanta de dos lobas; una de estas o ambas —miró a Isabel—, debieron haber consumido algún alimento que a este lo enfermó. Si ustedes consumen grasas saturadas, la traspasan a través de la leche materna; si beben licor, es como si el lobezno también lo hiciera. ¿Fuma, señora Isabel? —La joven sacudió la cabeza—. ¿La nativa? —No supo responder y la expresión de Everett indicaban que tampoco sabía. Por lo menos, Nashua fue prudente en no fumar mientras cuidaba de Ángel—. Bien. Porque, si fuman, le ocasionarán dolores de cabeza. Igual con la bebida. Evítenlo hasta que le retiren del todo la teta. En cuanto al sangrado, se produjo por la cantidad de veces en que evacuó. Ya estaba deshidratado y esto compromete los órganos internos.

Para tener dos meses de edad, Pavlovic notaba que Erik jugaba con las barbas largas del padre, jalándolas hacia él como si quiera chuparlas para saber a qué sabrían. Mientras que Ángel mantenía la boquita abierta y la vista fija en Pavlovic, distraído por los lentes que posaban sobre su nariz protuberante.

—Me disculpa si peco de ignorante —dijo Isabel—, pero ¿la temperatura de un híbrido es igual al de un lobo común?  —Se sentía estúpida por formular la pregunta; en varias ocasiones el doctor revisó a sus hijos, sin que el tema de los grados térmicos salieran a flote. Solo se hablaba de si tuvo fiebre o no…

—Oscila entre los 102 y 104 grados Fahrenheit.

—Eso serían…

—39 y 40 grados centígrados.

—¿Y los 42 es poquita fiebre?

—Es mucha. Aún para un lobezno sano.

Isabel miró de reojo a Everett con ganas de escupirle una increpación y le lanzó un silente: «¿Viste?, tenía razón. ¡No es “poquita fiebre”!, ¡es mucha!».

 Esto a ella le enseñó en que debía seguir sus instintos maternales.

—Entonces, solo yo amanto a mis hijos para evitar que se indigesten, y así no vuelvan a tener fiebre.

Pavlovic se llenó de paciencia para explicar a la progenitora que era más complicado a cómo ella lo había resumido.

—Comprenda que el sistema inmune de los bebés, aún está inmaduro; lo que los hace susceptible a los virus —dijo—. La fiebre se presenta por diversos factores: exceso de calor, vacunas, la salida de los primeros dientes… Por supuesto, las vacunas son innecesarias en los lobeznos, por su naturaleza lobuna, pero sí en los híbridos.

—¿Por qué? —preguntó lo que ya sabía.

—Porque la parte humana, los enferma.

Fue como una confirmación que se expresó en voz alta. La parte humana que Isabel aportó a sus bebés, es lo que les haría padecer de diversas enfermedades a menudo.    

Isabel sollozó. Por eso es que los lobos evitaban engendrar a las mujeres que no pertenecían a su misma especie: su descendencia nacía débil.

Everett la reconfortó al sobarle el muslo con cariño, de querer él que sus cachorros fuesen fuertes, se habría casado con Abby Rose.

—¿Qué debemos hacer para que no vuelva a enfermar?

—Lamento decirle que los primeros años serán duros. Su condición genética lo hace propenso a resfríos y afecciones respiratorias. Sigan las indicaciones que les dé, mejoraremos la calidad de vida del menor.

—Gracias —Isabel expresó entristecida por todo lo que su dulce ángel y, quizás Erik, tendrían que soportar en adelante.

El hombre obsequió una sonrisa amable a la joven madre y se levantó de su asiento para acompañar a la pareja hasta las afueras del hospital.

—No se angustien por el susto que pasaron. Es normal lo que sucede en estos casos; vigilen la temperatura, denle la dosis cada cuatro horas; nada de paños húmedos ni baños de cuerpo completo, esto ocasiona que haya efecto rebote y eleva mucho más la fiebre.

—Entendido —Everett respondió a la vez en que miraba a Isabel de la misma forma en cómo ella hizo con él, con ese «¡viste, también yo tenía razón! Lo estabas matando de frío», expresado en sus ojos marrones.

—Si vuelve a recaer, lo traen de inmediato. Les aconsejo se mantengan en el pueblo para que después no tengan que hacer un largo viaje.

La advertencia del médico fue un duro golpe tanto para ambos padres, puesto que tendrían que abandonar la paz que les ofrecía el bosque Denali para tener que convivir junto a lobos egoístas y maquinadores.

—Haremos lo mejor para Ángel, nos mantendremos en contacto. Estaremos en Kenai.

—Es lo mejor, señor Everett —reiteró el otro—. Así podremos atender a los gemelos en caso de que enfermen. Ángel por su síndrome y Erik por sus genes mixtos. Los dos corren igual riesgo de infección; su lado humano es de monitorear.

«Su lado humano».

Isabel lo lamentaba mientras volvían hacia la limusina. El doctor Pavlovic lo comentaba como si fuese una infección que amenazaba la parte «animal» de sus hijos.

Lanzó una maldición para sus adentros, la recaída de Ángel era darle la razón a toda esa panda de racistas que señalaban sus orígenes. Ni siquiera Erik, que era el sano, se libraba de los desprecios de sus propios familiares. Ni por la línea materna conseguirían el aprecio de su abuela; de enterarse esta, los despreciaría por ser hijos del pecado o por ser engendros del diablo, a pesar de que a María Teresa le alteraron la memoria por un breve lapso para confundir sus recuerdos.

De lo que ocurrió cuando Everett hirió a Arturo, vestigios quedaban en la mente de esta en una aparente consecuencia  producto de una alucinación o una pesadilla.

 

*****

 

La puerta de la habitación sonó con suavidad. Anna se deslizó de sus labores y corrió rápido a la planta alta para saludar y dar las gracias a Isabel. Esa mañana después de días de zozobra, despertaba llena de vitalidad, el dinero dado por esta los libró de Nemat; fue difícil convencer a sus padres de pagar la deuda con lo que la otra les obsequió sin ningún tipo de interés, les recordó lo que pasaría, lo que ella sufriría si optaban por el temor. Su padre aceptó entregar el maletín al prestamista con la promesa de devolver cada billete a su legítimo dueño; de momento, se librarían de lo que debían y después a partirse el lomo. George  tomaría un segundo trabajo como conserje nocturno en una fábrica textil. Sería arduo, dormiría un par de horas, es todo lo que descansaría, pero si sus cálculos eran correctos, al cabo de un año dejarían de preocuparse por lo que el alfa les hiciera.

Dicho sea de paso, Anna también buscaba en los portales de la red, por trabajo que le pagaran por horas los domingos que era su día libre. Lo que obtenía de este, más su salario como sirvienta en la mansión, completaría lo que su papá y su mamá se empeñaron en reunir a toda costa.

—Adelante —Isabel permitió, esforzándose en sonreír para ocultar su tristeza. Volverían a asentarse en ese horrible lugar que, por cuestiones irónicas, extrañaba la reserva forestal.

—Permiso… —Anna entró tímida. Sus crinejas negras las tenía dobladas a la mitad y sujetas por lacitos blancos, infantilizando su ovalado rostro—. ¿Inoportuno?  —preguntó al observar que Isabel estaba recostada sobre su costado izquierdo en la cama, junto al bebé que estaba enfermo. Erik dormía en una de las dos lujosas cunas doradas.

—Para nada —dijo—. Ambos están dormidos. ¿Cómo estás, Anna? ¿Todo bien?

La joven morena comprendía a lo que preguntaba casi a modo clave.

—Sí, papá podó el jardín y las flores están bonitas.

Isabel se carcajeó. El modo en cómo le respondió, le hizo pensar en las película de espías.

—Habla tranquila, Everett está con los muchachos que acabaron de llegar.

Anna se volvió sobre sus pasos y se aseguró de que nadie hubiese en el pasillo, parando la oreja, y consultó por si la señora Blanka estuviese en el cuarto de armario acomodando la ropa de las maletas. La habitación tenía olores concentrados de leche materna, pañales sucios recién cambiados, y aceites aromáticos que olían a hierbas, costándole a ella percibir si habría alguien más allí.

El cabeceó de la hispana relajó la tensión de Anna.

—Gracias por ayudarnos —susurró sin moverse de su sitio, pegada casi a la puerta de la habitación.

Isabel palmeó el colchón para que ella se sentara en confianza, pero esto a la joven desconcertó, prefiriendo sin el ánimo de hacer un desaire, manteniéndose a los pies de la cama.

—Que sea un secreto entre las dos. Si Everett o alguien más preguntan de cómo pagaron, fue un segundo préstamo que hicieron.

—¿A Nemat? Nadie nos creerá. Él se encargará en desmentirnos. Controla todo el sistema de prestaciones en la mitad de Alaska.

—Pues, de la otra mitad del estado obtuvieron el préstamo. No den muchas explicaciones, el que insista en preguntar: es un prestamista fuera de la zona. Y punto.

—Sí, señorita, algo así pensamos decir.

Tratando de no despertar a ángel, Isabel se levantó de la cama y, sin alejarse mucho, a la muchacha expresó:

—Jamás permitas que otros organicen tu vida; te cortan las alas y te hacen desdichada. Tú eres la que decides qué camino recorrer. Si deseas ir a la universidad, que sea lo que quieras estudiar. Si no…, será porque así lo quisiste.

La joven sintió profunda empatía por Isabel, intuyendo que las alas de esta, hace mucho que se las cortaron. Su actitud desafiante cambió y su semblante cansado reflejaba batallas derrotadas. Lo tenía todo: dinero, un hombre guapo que la adoraba, dos hijos preciosos, a pesar de que uno de ellos nació enfermizo y, aun así, era infeliz.

—Es lo que pretendo hacer, señorita Isabel: después de ayudar a papá en pagar al señor Everett, estudiaré Historia del Arte.

La otra frunció el ceño.

—¿Por qué a Everett?  ¡¿Se lo dijeron?! —Su corazón palpitando acelerado.

Anna bajó la mirada.

—Mis padres temen las represalias del alfa, si se entera…

Sería una insensatez que Isabel no comprendiera que los Morris  habían vislumbrado la posible reacción de su prometido, al descubrir que su amada empeñó el anillo de compromiso para salvarle el pellejo a la muchacha de la limpieza. Lo grave, es no haberse mantenido al margen, como él le pidió, sino que lo engañó muy consciente de los riesgos.

—No lo hará —manifestó—; tendremos cuidado de que siga en la ignorancia. Por lo que, les pido no le paguen nada. De eso yo me encargo.

—Es mucho dinero…

—Ya tengo como saldarlo. Fin de la discusión.

Anna se olvidó de mantener las distancias empleada-jefa y rodeó a la hispana en un emotivo abrazo. Cada vez le demostraba lo buena amiga que era, enfrentándose hasta con sus seres queridos para librarlos de una terrible circunstancia. ¿Quién mejor que Isabel García para considerarla como su hermana?

Años le faltarían para agradecerle.

Erik despertó y enseguida bostezó para despabilarse. Se halló de repente sin el cobijo de unos brazos maternos y lloró para que estos lo levantaran. Isabel miró primero a Ángel, para asegurarse de no haberse despertado y luego hacia Erik, a quien le metería la teta para que se relajara y dejara a su gemelo dormir en paz. La fiebre seguía latente, pero en menor intensidad a cómo estuvo en la madrugada.

Sin embargo, Anna se aventuró en acercarse a la cuna y hacerle muecas graciosas que lo entretuvieron e hicieron sonreír.

—Mira, un cerdito —imitó en voz baja el chillido que hacen estos animalitos, a la vez en que su nariz se arrugaba para crear el sonido—. Un gatito: ¡miau!, ¡miau!, ¡miau!  —Las manos en su cabeza a modo de orejitas—. Un perrito: ¡Guau!, ¡guau! —Sacó la lengua, jadeando como cachorrito.

Erik rio.

—A parte de Everett y de mí, eres la única que lo has hecho reír. Ni siquiera su nodriza, es muy temperamental. —En más de una ocasión los guardaespaldas le hicieron los mismos gestos sin conseguir que Erik estirase los labios, en cambio, apretaba el ceño o hacía pucheros, porque en vez de divertirlo, lo asustaban.

—Me gustan los bebés; me parecen tan lindos… ¡Hola! ¡Hola! —Cachetes inflados, ojos viscos, manos imitando orejotas.

La respuesta del infante…

Más risas.

Isabel comenzó a tomar en serio la idea que albergó desde que la vio en la gruta con su hijo.

—¿Te gustaría trabajar para mí, te pagaría bien.

Anna parpadeó. Pensó que ya lo hacía.

¿Acaso era cómo…?

Huy.

—Yo aún no lacto…

—No es como nodriza, sino como niñera —aclaró sonriente—. ¿Te gustaría? Hablaré con Grubana para que prescinda de ti, si tiene un contrato con ella.

Anna explayó los ojos de la alegría.

¡Síííííííí!

—¡Con mucho gusto, señorita Isabel! Desde ya me pongo a su disposición. —¡Hurra, hurra y más hurras! Ya no trabajaría para el Cuartel de las Brujas.

Llevada por el bienaventurado ofrecimiento de la hispana, pidió permiso para llevar a Erik hasta el área de la piscina y mostrarle los hermosos rosales y el espectacular paisaje natural. Asumía que, por estar en medio de un bosque, el lobezno no podría sentir la brisa marina ni apreciar el espumaje de las olas, o el atardecer sobre el mar; estaba a miles de kilómetros donde la vista no les alcanzaba y donde la espesura del follaje se tragaba el hogar que habitaban. 


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Tardé un pelín, pero entregué. :P La próxima semana habrá nuevos capítulos. No pude terminar a tiempo el capítulo 15, tuve que dejarlo reposar porque se aplazará lo que tenía en mente y esto requiere un poquito más de dedicación. Así que, a sufrir un poquito más con el momento culmen. 

¡Los leo!