Capítulo 12 (El Alfa y la Bailarina)

—¿Eso es todo lo que compraste? Pensé que traerías un millar de bolsas.

—Compré lo que necesitaba.

El dichoso vestido de novia, yacía colgado en el armario, cubierto por el forro y del que Everett recibió un manotón por parte de Isabel, impidiéndole saciar su curiosidad. Lo decepcionó descubrir que ella no se abasteció con docenas de provocativas prendas íntimas, tampoco con juguetes sexuales que achisparían el sexo, sino que adquirió un par de bragas sosas y unos sujetadores que le facilitarían la lactancia sin exponer el seno por completo.

Se ahorró hacerle el comentario para evitar discutir; aún la tirantez entre los dos se percibía; Isabel al llegar no corrió a él para abrazarlo ni le dio un beso, lo saludó con un escueto «hola», del que luego subió a la habitación con sus bolsas, como si hubiera comprado cualquier tontería. Cinco minutos antes, Sakari le advirtió de los gemelos, puesto que se habían acabado de dormir, para que no entrara a la habitación de estos; abrir la puerta, los despertaría, Erik estaba muy sensible a los ruidos y Ángel estuvo llorando todo el día.

A pesar de esto, Isabel quiso asegurarse de que estuviesen bien, asomando la cabeza por el resquicio y comprobando que los bebés estuviesen en sus respectivas cunas. Everett la había seguido, ansioso por contemplar el atuendo que la convertiría en su esposa.

—Pero te di una tarjeta ilimitada, pudiste comprar lo que se te antojara —replicó él sentado al borde de la cama y siguiendo con la mirada a Isabel, quien acomodaba en la gaveta la ropa interior que luciría en la noche de bodas.

—Esto era lo que necesitaba —le daba la espalda. Organizaba las bragas en su gaveta, como si estuvieran desordenadas—. Después iré a Anchorage con más calma y me compraré algunas mudas de ropa. Me hacen falta unos cuántos vaqueros…

—Y lencería.

Ella lo miró por encima de su hombro.

—Tengo suficiente. —Cuatro blancas, una beige, dos  verdes, dos de lunares y tres de florecitas estampadas.

—No de las que me gustan.Les faltaba trasparencia, encajes, que fueran sexys.

La réplica de Everett, la hizo volver hacia él y cruzarse de brazos.

—¿Qué tienen de malo las que tengo?

Son maternales y me quitan las ganas de follar.

—Son un poquito… sencillas.

—¿Sencillas? —Miró hacia la gaveta que seguía abierta. Las bragas de algodón estaban agrupadas por colores.

—Ajá.

—Me gustan sencillas.

A él, no. Eran muy sosas.

—¿Me complacerás?

Lo miró de vuelta.

—¿Quieres tangas rojas, señor Brankovic?

—También negras… —Su sonrisa ladina. Su deseo cobrando vida.

Isabel desorganizó las bragas y luego las volvió a organizar por hallarse nerviosa. Esto la hacía mantenerse fuera de la lujuriosa mirada de Everett, que aún no notaba que ella se había desprendido del anillo de compromiso. Fingió que se lo quitaba y lo guardaba en la bolsita azul de terciopelo, dejándolo al fondo de la gaveta para mantenerlo «resguardado» de los amigos de lo ajeno.

Vaciló qué hacer después, abriendo en el acto la gaveta donde estaban dobladas las camisetas de Everett, pero al darse cuenta que no era la suya, sino la que estaba bajo esta, la cerró con un leve temblor en las manos.

Everett lo notó.

 —¿Tienes frío? —Se levantó para encender la chimenea y aumentar la temperatura en la habitación. El calor corporal en los híbridos era inferior al de los lobos puros. Se resfriaban con frecuencia.

Ella asintió para excusar su nerviosismo con el aparente gélido clima. No lo padecía, más bien, tenía calor.

Al percatarse que Everett se acercaba para terciarle una manta sobre sus hombros, se hizo la desentendida y se encaminó hacia el baño para refrescarse en la tina que ya Everett le tenía preparada para recibirla.

—Aguarda un minuto, te traeré una cubeta de agua caliente para tibiar el que está en la tina. Está fría.

—No importa, así me bañaré.

—Y enfermarás, eres friolenta. Ya te la voy a traer.

Abrió la boca para replicar, pero Everett insistió en «climatizar» el agua de la tina para que la disfrutara sin estar tiritando de frío. Era un detalle que él quiso darle como recibimiento, Sakari se lo comentó en un susurro y un guiño pícaro de ojo. Everett estuvo pendiente del móvil, preocupado de estar ella apenas con un guardaespaldas que la protegiera. Se quejó varias veces de no haberlos acompañado y lanzó una increpación a los que hacían mantenimiento a su helicóptero, porque se les antojaron hacerlo cuando más lo necesitaron para viajar a la ciudad.  

Mientras Everett se apuró con el agua, Isabel se desvistió y aguardó con su albornoz, sentada de piernas cruzadas en la silla rústica. Quién la manda a decir que tenía frío…

Transcurrido veinte prolongados y aburridos minutos, este lanzó el contenido humeante de la cubeta dentro del que reposaba espumosa en la tina. Isabel se quitó el albornoz, obsequiándole a Everett esa visión de diosa Venus que se posa sobre el mediterráneo de los mortales.

El pene erecto bajo los desteñidos pantalones del lobo.

—Cuando compre los… —¡Ayyyy!— vaqueros —dijo Isabel mientras se sumergía y contenía una mueca adolorida por lo caliente del agua—, comparé un arsenal de bragas. —¡Carajo! ¿Everett qué pensó que era ella: pollo desplumado en cacerola? La piel le ardía.

—Estoy considerando en acompañarte a escogerlas —comentó a la vez en que se desvestía con una rapidez casi desesperada—. Así me aseguro de que compres bastante.

Ella quiso espetarle: ¡claro, en eso no te duele desangrar los bolsillos!, ¿eh? Hombres…

—Por supuesto, amor. —Vertió un poco del jabón líquido que reposaba a los pies de la tina de madera y se masajeó con sensualidad.

Amor

Llamarlo así le gustó a Everett, ansiando este que los días volaran para que llevara con todas las de la ley su apellido.  

Al tiempo en que observaba a Everett despojarse de su calzoncillo, para Isabel resultaba irónico que ella hubiese tenido a su alcance una tarjeta de cual pudo efectuar una transferencia y cancelar la maldita deuda de George Morris. Pero hubiese sido descubierta por Everett, debido a que, los movimientos bancarios de ese tipo serían notificados en su móvil de inmediato.

«¡¿En qué gastaste cuarenta mil dólares?!».

«¿En qué más?, ¡pues en las bragas!».

La ahorcaría con estas.

No se opuso al meterse él en la tina y sentarse detrás de ella, abrazando con sus musculosas piernas, sus caderas; más bien, recostó su espalda contra su pecho y soltó un largo suspiro que le hizo liberar tensiones. Era reconfortante estar con él de esa manera.

—Aunque me gustaría que fuera una sorpresa —dijo, tomando en cuenta que debía volver a esa casa de empeño y recuperar el anillo, por lo que no era prudente que Everett fuese con ella—. Así podré modelarte.

Los labios de Everett se estiraron ante la expectativa.

 —¿Modelarme? ¿Me harás un desfile? —Lucubraba en ordenar por línea toda la gama, más un par de alitas tipo Victoria's Secret.

—¿Te gusta la idea?

—Me gusta muchísimo. ¿Qué te parece si la ordenamos de una vez? La traen a domicilio.

Dejó de enjabonarse.

—Eh… P-prefiero palpar la calidad de la confección de las prendas. Ya sabes cómo soy…

Las manos masculinas se deslizaron por debajo del agua jabonosa y acariciaron el interior de los muslos femeninos.

 —También me gusta palpar… —le dio un beso en la cien y luego agregó—: Está bien, confiaré de nuevo en ti. Compra ligeros y  negligés —solicitó con voz ronca—. No repares en precio; escoge los que quieras.

—Negros y rojos.

—Negros, rojos, blancos…

—¿Rosados? —Se divertiría un rato con él.

—También.

—¿Azul celeste?

—Sí…

—¿Marrón?

—No me importa el color, si el modelo es capaz de hacerme levantar el pito.

Isabel se carcajeó. Hablar con socarronería sobre lencería, le hizo encender la llama de la pasión que desde hacía días tenía apagada. Su corazón se ensanchó y las palpitaciones golpeteaban su pecho, como la primera vez en que estuvieron juntos. Everett también se complacía de esto, fue espontáneo el acercamiento; no hubo disculpas o lloriqueos, solo dejaron que la charla fluyera y, de repente, estaban en la tina.

—Estoy orgulloso de ti, Isabel, no hubo incidentes. Kevin me informó que te mantuviste serena entre los humanos.

Isabel se tensó y Everett lo percibió.

—Es que tenía la pansa llena —bromeó—. Aunque cené a un alasqueño por el camino… —Mierda. ¿Kevin la habría visto entrar a la casa de empeño, en contra de la orden que ella le dio de permanecer en el estacionamiento? ¿O la observó desde el área de los monitores?

No debió comentarle lo de las cámaras de vigilancia.

—Espero que hayas tenido buen provecho.

—Mucho. Me hizo eructar.

Él rio. El gozo que sentía, era como el que sentía antes. Lo aconsejado por Ma-Cheil dio buenos resultados: no la presionó más y aflojó la correa para que tuviera un poco de libertad. Isabel se controló estando lejos de él, no hubo ataques del que después tuvieran que arreglárselas para desaparecer cuerpos o borrar evidencias, anduvo por las boutiques con tranquilidad, escogiendo su ajuar de novia.

—Isa…

—¿Sí?

—¿Estamos bien? ¿Ahora estamos bien?

Asintió. Sabía a lo que se refería.

—Sí, todo bien…

La mano del lobo se elevó de entre las aguas y giró con suavidad el rostro de la joven hacia él.

—Odio estar distanciados, me hace extrañarte. ¿Me prometes que no volverás a estar así conmigo?

—¿Así cómo?

—Enojona.

Casi se le escapa una increpación. ¡Él era el que la enojaba! Se hacía el santo.

—Everett, si he estado así, es porque me sobrepasa tanto machismo.

Cabeceó.

—Es más que eso, Isa. Es seguir las jerarquías. No te limito como mujer, sino como loba.

—Es lo mismo.

—Perdóname, pero no es así. Como mujer, puedes desarrollarte profesional e intelectual; como loba…

—Meto la cola entre las patas y agacho el hocico, o me zarandeas del lomo.

Hizo que Isabel se volviera, al sentarla a horcajadas sobre sus piernas. Era extenuante tener que medir las palabras para evitar reñir; constantemente se enfrentaban como enemigos.

—No lo veas de esa forma; considera que muchas vidas dependen de nuestras acciones. Si desafiamos, debemos ser capaces de soportar las embestidas. Los Homo lupus somos agresivos por naturaleza, respondemos a la menor provocación. Tú, mi querida Isabel, no sobrevivirías a la furia de un macho alfa.

—Me desgarrarías…

—Yo no, otros. Isa, sé obediente cuando estemos de cacería. Acata lo que te diga, temo que resultes herida.

Quizás era la intimidad en cómo se hallaban o que Everett le hablara suave, que Isabel optó por ceder a su pedido. Él comprendía que ella era irreverente, dándole muchas oportunidades para recapacitar. Esta vez se doblegó, debía aprender a relacionarse con los demás bajo lineamientos militares; así lo percibía, como si ella fuese un soldado recién reclutado en medio de un batallón de generales de mentalidad cerrada.

—Enséñame a ser buena loba.

Everett esbozó una amplia sonrisa ante la disposición de Isabel. No se trataba de dominarla y él jactarse de haberlo logrado, sino de protegerla de la furia de sus propios hombres; era un mundo primitivo que en nada ha evolucionado a través de los milenios, los metamorfos solían matar a los rebeldes, ya fuesen hijos, hermanos o esposas. Se manejaban en grupos, no individuales, como él una vez lo estuvo y casi perece por alejarse de los suyos. Por esto, era exigente con Isabel, enseñándole las normas con toda la paciencia que podría manejar. Si Isabel aprendía a comportarse en presencia de otros más fuertes que ella, las posibilidades de alcanzar la ancianidad eran infinitas.

Los lobos en promedio vivían hasta 200 años.

Y él lo quería disfrutar hasta el final con ella.

 

*****

 

Emilia Morris no salía de su asombro. ¿Quién era ese ángel que les obsequió ese dinero a través de un mensajero?

Meditaba las razones; a nadie ellos ayudaron en el pasado, salvo alimentar a uno que otro perrito callejero y un par de limosnas al mendigo que se topaban a su paso. Sin embargo, no era para que el karma se los devolviese en un maletín que contenía una gran cantidad de fajos de billetes.

 —¿Será una trampa? —George cuestionó, también estupefacto, sin saber qué hacer con el dinero. Nemat era un tipo mañoso, idearía el modo de aumentar la deuda y así obtener lo que deseaba.

—Puede ser… Tenemos que devolverlo y rogarle darnos más prórroga; es imposible conseguir tanto dinero… —ojalá el que tenían ahí en el tope de la mesa del comedor, proviniese de un ángel y no de un demonio.

—¿Tú qué crees, Anna? —George consultó a su hija, sentada alrededor de la mesa, llamándole a él la atención de que sonriera de oreja a oreja. Al parecer, se conformaba con que un extraño haya tocado a la puerta y entregado el maletín.

—Tenemos que darle las gracias.

—¡¿A Nemat?! —Emilia exclamó desconcertada, moviendo una pierna compulsiva bajo la mesa. Anna se volvió loca o aceptó su destino.

—A la señorita Isabel.

—¿Por qué a ella?

—Es obvio, mamá. ¿Quién tendría la preocupación de ayudarnos y la capacidad para darnos este dinero? ¡Isabel García! La compañera del señor Everett.

Emilia se llevó las manos al pecho. ¡Oh, Licaón, que así sea, y no una triste ilusión!

—George, ¿estás de acuerdo en lo que dice tu hija? —Asintió y ella lloró de emoción. De ser así, se quitaron un gran peso de encima—. Hay que ofrecerle una cena, será frugal, pero deliciosa. Mañana te le acercas a la señora Grubana y le comentas que necesitas contactar al señor Everett. Le diremos…

—¡No, mamá!

—¿Por qué no? Hay que agradecerle a la compañera del alfa de algún modo, ella debió de convencerlo.

—Lo dudo. Procuró mantenerse en el anonimato.

—Porque desea evitar habladurías. Seremos discretos, pero le haremos la cena.

—Sería contraproducente. Si la señorita Isabel hubiese convencido al señor Everett, ella misma habría venido a entregarnos el dinero. En cambio, envió a ese sujeto…

La explicación de la muchacha, acrecentó los nervios de la progenitora.

 —¿Y de dónde sacó todo esto? —Le dio una palmada al maletín—. ¿Ella es rica?

George y Anna, cabecearon. Sabían que la hispana provenía de una familia humilde y que no trabajaba en nada que le produjera mucho dinero.

Por eso los engreídos Brankovic la despreciaban tanto.

Emilia jadeó.

—¡Ay, lo robó! ¡El alfa nos matará por aceptar dinero robado! ¡Oh, Licaón!, ¡oh, Licaón!, sálvanos de tantas desdichas.

—¿La crees capaz de hacer eso? —George le preguntó a su hija. La gente como Nemat y otros que él conoció para su desgracia, solían tener dos caras para engatusar a los tontos.

Esta lo pensó un instante, Isabel era de las lobas que no tenía pelos en la lengua para escupir lo que piensa y envararse ante el que pretendiera aplastarla como persona. Pero de ahí a ser ladrona…

—No lo creo —contestó. Y ante la incredulidad de Emilia, agregó—: Mientras estuve a su servicio, ella fue considerada y amable. Nunca demostró ambición o humilló por ser la compañera del heredero del señor Stanislav. En cuanto papá le comentó lo del préstamo, se puso a la orden. ¿Verdad que fue sincera? —Miró a su padre y este asintió—. Se molestó que el señor Everett no nos protegiera, lo gritó y amenazó con mandarlo a dormir al gallinero—. Rio a esto último por la ocurrencia de Isabel, y Emilia intercambió miradas con su marido, puesto que lo dicho por Anna, confirmaba que aquella mujer los había metido en un lío más gordo del que trataban de salir.

Al no obtener el apoyo de su pareja, obró de mala fe a sus espaldas.

Oh, Licaón… En cuanto el alfa descubriera lo que hizo la hispana, no solo entregaría su hija a ese Nemat, sino que a ellos los vendería como esclavos.



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Isabel y Everett están en un sube-y-baja en su relación, que no sé sabe a dónde los pueda llevar. Ella ha cedido, vamos a ver si esto será un atenuante para lo que vendrá después. 

El próximo viernes 9 de abril se publica nuevos capítulos. 

Los leo. :)

7 comentarios:

  1. Ay ojalá no le traiga demasiados problemas haber empeñado el anillo

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  2. Pienso que esto se pondr feo cuán Everett descubra lo que hizo Isabel pensara que paso sobre el, espero que no le haga nada

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  3. Martha cada vez que te leo tengo el alma en un hilo. Espero Everet no descubra todo esto porque la pobre se meterá en un gran lío dios, aunque todo parezca en calma cada vez arde. Isabel me recuerda a la esposa de David en amores prohibido

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    1. Sí, tiene un poco de ella. Allison también era indómita. :P

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  4. presiento que se viene un lio tremendo con esto del anillo. everet no la va a perdonar menos al saber que mintio e hipnotizo al de la joyeria y que empeño algo tan significativo para el.

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  5. Hay por que presiento que boda no habra ... isa obro bien por una parte pero por otra se metera en problemas grandes !!!

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  6. Isa, semejante problema que te has metido me imagino la reacción de Evert cuando se entere que empeño el anillo, y sobre todo com que fin sin regirse de las normas que probablemente meta en problemas a más de uno.

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